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El Arte del silencio





 
EL ARTE DEL SILENCIO
por
  Gilberto Ramón Álvarez Moctezuma
 
Cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla.
Pedro Antonio Calderón de la Barca.
 
Cuan complejo es estudiar el origen de las palabras. Los hombres primitivos antes de desarrollar el habla se comunicaban a través de gestos, ruidos y el manejo adecuado del silencio. Estoy seguro que no fueron las necesidades básicas de supervivencia las que arrancaron las primeras palabras a nuestros antepasados, fueron en cambio los sentimientos. Y es que se puede perseguir a la presa en silencio, se puede arrancar la fruta del árbol sin exclamar voz alguna, pero el odio, el amor, la alegría y la tristeza dictan acentos, gritos, quejas: he aquí las más antiguas palabras inventadas, pero también manifiesta el eje medular de mi discurso, si son los sentimientos los que verdaderamente invitan a la expresión oral perdidos estamos en un mar de confusión ya que si Dios hubiese dado boca a los sentimientos, jamás conoceríamos el silencio.

Un amanecer hermoso, cargado de color, repleto de aroma en manos de un poeta puede convertirse en la imagen mental más dulce y agradable, más por cada palabra que se escriba dejaran de escribirse diez mil más que quizás no existen, viene entonces la reflexión de que las palabras no corresponden a la realidad, y que jamás podrán hacerlo.
Cuántas veces hemos visto a un ser querido llorar con suma tristeza y en un sincero afán de consuelo y empatía lo llevamos a nuestro pecho sin decir palabra alguna. Cuantos sentimientos pueden brotar en ese momento y sin embargo no existe en todo el universo cantidad suficiente de palabras para describirlos, es ahí cuando noble y salvador se presenta el silencio quien en simple afonía describe lo que las palabras no pueden.

La comunicación oral es un proceso aprendido, no nacemos hablando, el silencio nace, las palabras se hacen. Aprendemos a gesticular palabras escuchando e imitando a quienes nos rodean. Aún más, la lengua que nos une a todos en el momento de nacer, es el silencio, el idioma universal. Por ello la necesidad de aprender ahora la gramática del silencio, el idioma que escapó de la Torre de Babel y que se expande en todas las lenguas escabulléndose de toda raza. Las palabras simplemente serían remaches en la gran cadena del silencio. Confucio alguna vez ejemplificó esto como una rueda de bicicleta, en la cual los rayos convergían en el centro, pero en realidad la circunferencia no la hacían ellos, sino los espacios vacíos que daban a la vista la imagen del círculo. Esta es la analogía más exacta, mientras el silencio es quien da forma a la comunicación, las palabras son simples nudos que concatenan los espacios vacíos invadidos de lenguaje.

En el silencio se encuentra la reflexión, se trata de anteponer la reflexión a la acción, tomarse el tiempo de asimilar las ideas en un mundo sin palabras que propicien la confusión. La palabra es ciencia, el silencio es arte. El orador que solo vive de las palabras terminará enclaustrándose en la falsa comunicación, en la comunicación incompleta y convertirá a la palabra de esclava en ama cruel, tal como fue castigada la ninfa eco y tal como ella nos desvaneceremos ante el Narciso del silencio. Lope de Velarde escribía en 1916: “Las victimas de la palabra se cuentan por millares”, es preciso callar para saber, guardar silencio mientras las palabras exuberantes e innecesarias se mezclan en un hablar atropellado. Un amigo decía, no hables para que no vean lo tonto que eres, es mejor callar y pasar por sabio que hablar incongruencias, solo se debe hablar cuando lo que vas a decir es más hermoso que el silencio. Un verdadero orador, un inteligente orador no solo debe ser experto en la comunicación oral o el manejo de las palabras, debe aprender a manejar el idioma universal, el idioma del silencio, ya que es mucho más lo que un hombre retransmite a otro a través del silencio que a través de las palabras.

El mismo manual de Toastmasters destaca la importancia del uso del silencio dentro de un discurso, las pausas o silencios bien programados y ejecutados agregan impacto al discurso, para enfatizar los puntos importantes, para respirar, para puntualizar o para atraer la atención.

Por más experto que sea el orador en el arte de la palabra, si no sabe utilizar el silencio, no ha aprendido a hablar.

Terminaré aludiendo a Shakespeare que en boca de su personaje Hamlet describía el más exacto propósito de la afonía, hoy he lanzado mis palabras como esbozo de ironía contra quienes manchan el aire con vocablos innecesarios y confunden la comunicación con logorrea, el que tenga oídos para oír que las escuche, el resto… es silencio.

Claps Canta Bar (Plaza Vela 4to piso) Boca del Río, VER.
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